martes, julio 24, 2007

Sali en el diario la Nación!




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Mirar en la segunda foto!!!


La Chilinga
Vivir, aprender y ayudar al ritmo del tambor

Hace doce años, Daniel Buira, ex baterista de Los Piojos , concibió este proyecto que hoy tiene cuatro sedes y cuatro álbumes

Tres comentarios que pueden hacer sentir orgulloso al entrevistado.

El primero. En un viejo galpón del barrio de Saavedra está ensayando uno de los tantos bloques que tiene la ya famosa escuela de percusión y danza La Chilinga. Daniel Buira -el entrevistado en cuestión, principal referente y fundador de esta institución educativa no formal creada hace doce años- observa cómo los alumnos cambian de ritmos con buen swing y coordinación, guiados por una docente. El estruendo no cesa, es contagioso. Buira se acerca al cronista para alzar el volumen de su voz y decir: "Estos son los de primer año".

El segundo. Esta semana un contingente de 50 chilingos viajará a Tilcara para enseñar a tocar en una escuela rural. Van en un micro lleno de comida, ropa y útiles. "Porque los objetivos se amplían enseguida", dice Buira.

El tercero: "La semana pasada empezamos a dar clases en las cárceles de Ezeiza. Vamos una vez por semana. Se dan talleres, en tres módulos diferentes, en cárceles femeninas y masculinas. Además, nuestra idea es que se haga una muestra a fin de año. Que ellos también se suban a un escenario".

Sí. Realmente es para estar orgulloso y también entusiasmado porque, además, entre las novedades hay un flamante CD, el cuarto que publica La Chilinga, y hay cada vez más sedes que se abren para nuevos alumnos (en zonas oeste y sur del conurbano bonaerense y en la ciudad de Buenos Aires). En www.chilinga.com.ar es posible encontrar toda la información acerca de la escuela.

La primera sede fue la de Martín Coronado. "La de Florencio Varela nació hace siete u ocho años por la inquietud de mucha gente de zona sur. En Capital siempre anduvimos por muchos lugares y hace un año pudimos instalarnos acá [en Saavedra]", dice Buira, mientras el bloque de percusionistas hace un piadoso pianíssimo para que el grabador tome el sonido de la voz por encima del de los tambores.

Este percusionista no sabe exactamente cuántos alumnos participan actualmente. "Serán unos 600 y más de 30 docentes -arriesga-. Porque hasta ahora venimos hablando de sedes y anexos, pero también hay que tener en cuenta un hogar en José León Suárez, donde hay unos 50 chicos, y los grupos que se abrieron en el penal de Ezeiza."

De los Piojos a la escuela

Según el fundador, el primer objetivo no tiene que ver con que uno salga hecho un percusionista profesional, sino con un desarrollo artístico. "Con que uno venga, conozca un poco de arte, sepa cómo armar un show. Hay gente, quizás en un 30 por ciento, que tiene la intención de dedicarse a la docencia o ser el percusionista de una banda. El 70 por ciento busca otro montón de cosas."

-¿Un canal de expresión como podría ser la murga?

-Totalmente. Aunque La Chilinga no tiene escudo barrial. Acá viene gente de todos lados.

-¿Hace casi doce años, en qué pensaste que se podría convertir La Chilinga? ¿Todavía eras el baterista de Los Piojos?

-La Chilinga nació en el 95 y yo me fui de Piojos en 2000. Durante esos cinco años para mí éste era el lugar donde podía volcar los extremos de los tambores y la percusión que en una banda de rock no se podía. Creo que ese fue el primer pensamiento. Luego me di cuenta de que no paro un segundo, que no me siento cómodo si estoy sólo en una banda, tocando y volviendo a casa. Por eso me gusta viajar tanto, o estar con las escuelas y buscando proyectos entre las sedes. El principio creo que tuvo que ver con esto: los tambores y la enseñanza. El tema fue que al poco tiempo La Chilinga comenzó a tener una personalidad y un compromiso. Se transformó en algo serio. Había que tener cuidado, ver hacia dónde se iba.

-Hoy es una ONG, como también lo es AFS, que participa en la edición del disco, ¿no?

-Sí, La Chilinga es una asociación civil y AFS se dedica al intercambio cultural. Históricamente eran los médicos de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la guerra termina queda armada una estructura muy grande que volcaron al intercambio cultural. Tenemos muchas cosas en común. Hay chicos de AFS que son músicos, por eso los invitamos a grabar. Y ahora el disco va a viajar a las otras sedes que tienen en América para mostrar un poco, desde esta escuela de percusión de la Argentina, lo que es la fusión en esta América negra. Está bueno este trabajo con AFS, porque La Chilinga no tiene tanto interés en que cada vez que sale un disco suene en la radio. Sí pasa, bienvenido sea. Pero no apuntamos a eso.

-¿Cómo se equilibra todo esto? El interés del que quiere ser profesional, el de quienes lo toman como una terapia vocacional; el espacio social, la finalidad artística y lo laboral.

-Tenemos que tener claro que la escuela no es un kiosco ni una empresa. La llevamos adelante entre todos. El fin es sociocultural. Ahí está el objetivo. Lo que vaya dando, bienvenido sea. El que viene a dar clases cobra por eso. Si tocamos en un lugar se cobra y se distribuye. Un porcentaje va a la escuela, para su mantenimiento. Y hay tantas cosas lindas que se hacen permanentemente que te desligan de eso. Enseñar a tocar en escuelas rurales de Tilcara, por ejemplo. Si pensás en cuánta guita hay si vas a tocar a Tilcara, el viaje no se hace.

-¿Se desprende gente que arma grupos de percusión con otros nombres a partir de esto?

-Los grupos se van poniendo nombres, tienen su repertorio para salir a tocar, pero como La Chilinga. No hay modelos de este tipo. Por eso vamos aprendiendo de los errores. Y hay errores que duelen. Se está aprendiendo todo el tiempo.

-¿Por ejemplo?

-A un programa de educación no se llega de un año para el otro. Se llega de ver cómo aprende un alumno. Tuvimos talleres en segundo año que en realidad tenían que ir en cuarto. También hay que saber cuándo un alumno está preparado para un espectáculo o para que un grupo se pinte la cara y alguien diga: "dejo porque me da vergüenza hacer eso".

-¿Hasta dónde llega la pertenencia? ¿Existe un "ser chilingo"?

-Sí y es grosso. No sucede sólo en los chicos. También pasa con los grandes. Es algo muy parecido a una comunidad. Pensá que de acá salen familias. Chicos que se conocen, se casan y tienen hijos. Y cuando cumple años la escuela se hace una fiesta que es muy emotiva.

-¿Te acordás cómo era cuando empezaron?

-Eramos diez, como mucho. Si bien el tambor es algo muy social y accesible en ese momento todavía era algo africano. La gente pensaba en eso de que los negros son los que tienen ritmo. Sí lo tienen, pero los blancos también. Y con el tiempo se empezó a acercar la gente. El latino y el africano tienen mucho en común. Hasta en la forma de vivir y de pelearla, por ejemplo. El europeo o el norteamericano gana plata para comprarse ropa; el latino o el africano para comer.

Por Mauro Apicella
De la Redacción de LA NACION


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